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jueves, 20 de noviembre de 2008

PRIMER LUGAR NARRATIVA





Presentamos el texto ganador en Narrativa del Concurso "Recordando a Gabriela y Pablo



Miedo.
Dedicado a Juan Enrique Salinas Páez, mi hijo.
“Aquí es donde fui golpeado, además fui herido,
tuve miedo, pero no desistí ”.

Nikos Kazantzakis

La noche se abrigó de estrellas y trajo susurros que desterraron el tráfico a un exilio de varias horas. Por la calle iba el peligro, como una muerte anónima, dispuesto a derribar a cualquiera que no hubiese acatado la orden .Es el tiempo del apocalipsis, de la injusticia que actúa con plena certeza de triunfar. Es el fatídico toque de queda que trae las horas más amargas de los torturados. La ley de fuga es reina absoluta de la noche y la voz de una mujer, de miles de mujeres, clama para que el violador se aleje, llora para que sus entrañas no sean masacradas y humedecidas por tanta lujuria y maldad. Quizás algún nombre salga con vergüenza y remordimiento de las bocas duramente castigadas.
Es tarde, aprieto el paso y la mano del niño. Hurgo en la semioscuridad. Nadie. Entonces corremos hasta que el olor a neumáticos quemados y la picazón en los ojos me alerta. En ese instante vemos la barricada y a ellos, algunos con metralletas, otros con palas. Despejan el lugar.
Toque de queda. Ha empezado hace poco, un siglo, no sé. Lo único que siento es mi temblor y el de mi hijo. Nos deslizamos pegados a una muralla. Detrás de los árboles escondemos nuestros miedos. Maldigo en silencio haberme quedado hasta el final de la reunión. Sé que no puedo permanecer allí y retrocedo hasta la casa de la señora Elia. Anhelo un milagro, tal vez la puerta esté abierta, busco el picaporte y vislumbro la salvación. Nos zambullimos en el jardín. El perfume de las flores se pierde entre los insultos de ellos y ahí, a pocos metros, veo las botas: “ Y va a caer , y va a caer “ escucho a lo lejos, luego ráfagas de metralleta, carreras, disparos dentro de la cabeza, del corazón, todo mi ser está lleno de estruendo y pasa un segundo, quince minutos, una eternidad. Abrazada a mi hijo espero, esperamos, esperamos. Cuando todo ruido cesa, nos adueñamos de la avenida. Un perro camina lento, el hambre lo alcanzó como saeta mortífera. Nos mira con indiferencia.
Un vehículo se acerca. Instintivamente tomo a Juanito, nos escondemos detrás de un montón de tablas. “ La rueda del tiempo “ se detiene, la sangre sube a la garganta, a mi cabeza, transpiro frío, las piernas tiemblan, un ahogo golpea, derrumba. Miro. Cuatro hombres y lo único que espero es que pasen, se alejen para llegar a la tibieza de nuestra casa y refugiarnos en los brazos de Pedro. El auto avanza punzando con sus luces las casuchas amontonadas en su pobreza y desamparo. El niño no habla, apenas respira. Nuestros ojos están fijos en el peligro que se desliza como una serpiente dispuesta a matar a cualquiera. Pasan millones de años y el vehículo está detenido muy cerca del pasaje donde vivimos. Cuando la desesperación me aturde, ellos se van, desaparecen de mi vista, de mi vida, del cosmos.
Corremos, volamos hasta llegar a la puerta absurdamente abierta. Prendo la luz y casi no puedo creer lo que veo. Las sillas están volcadas, pedazos del espejo esparcidos por el suelo, la cama revuelta, el colchón abierto hace una mueca grotesca. Juanito llora al ver su payaso destrozado.
Creo nadar en un río de témpanos. Busco a Pedro .El desaliento me acorrala, un trueno estalla en el pecho y lloro junto a mi hijo. Olvido su nombre.
La voz del niño me hace reaccionar: - mamita, vámonos – lo miro, respiro profundo.
Una luna miserable alumbra. Abandono la casa, las ilusiones, mi nombre, como si fuesen ataduras. Golpeados y heridos en el alma, nos vamos.
Emilia Páez Salinas

Septiembre 2008

1 comentario:

Integrantes dijo...

Muy buen tema, pero, sobre todo, muy bien contado, con palabras simples y sentidas que permiten al lector identificarse con el personaje.
FELICITACIONES!

Amanda