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martes, 23 de diciembre de 2008

LA NÚMERO 49


Este cuento de Amanda Espejo, recibió Mención Honrosa en el Concurso Literario "Recordando a Gabriela y Pablo" 2008.
LA NUMERO 49



A Bernardino Ureta, desde siempre - o por lo menos, desde que era capaz de recordar -, le cargaban las flores; especialmente, cuando se encontraban dentro de una casa. Posiblemente, este disgusto le había sido heredado de su padre, un hombre tan tosco como empecinado , características talladas a golpes de cincel sobre su persona durante años y años de trabajo doliente en las minas ya extintas de carbón.
Bernardino padre, solía decir que las flores eran para los muertos, y cada vez que doña Emma, su mujer, se atrevía a poner tres o cuatro de ellas en un florero, por disimulada que fuese, el hombre acababa descubriéndolo y lanzándolas por la ventana.
- Las flores, a los cementerios. No quiero malos augurios en mi casa.
Y entonces Emma, sin esperar que se lo repitieran, entre aterrada y sometida, terminaba barriendo de prisa los restos de tallos quebrados, de pétalos esparcidos y vidrios rotos, antes de que su hombre hiciese lo mismo con ella.
Una imagen como esa fue la que se le vino a la cabeza a Bernardino esa tarde, al entrar a su casa y ver sobre el esquinero de la entrada un recipiente de loza imitación chino, con seis rosas amarillas recién abotonadas. Seguramente Antonia, su mujer, hubo de ponerlas allí. ¿De donde las habría sacado? No lo sabía. Habría que preguntárselo a ella cuando llegase, es decir, cuando se le diera la gana de llegar, porque últimamente, a él cada vez se le hacían más largas las salidas de su Antonia los días en que a él le tocaba llegar primero a casa y esperar.
Esperar era algo que exasperaba a Bernardino un poco más que las estúpidas flores que le daban la bienvenida, y tanto o más aún que su implacable soledad. La soledad lo perturbaba, lo disminuía y lo hacía acabar, inevitablemente, enfrentado a su propia persona. En aquellos momentos, a él no le gustaba lo que veía. No le gustaba tener que preguntarse ni contestarse nada. Desconfiaba de sí mismo, de la intención de sus preguntas y de lo torcido de sus respuestas. Menos todavía soportaba el estar solo y tener que esperar por algo o alguien en particular. En esas ocasiones solía pensar que la vida era - y había sido - injusta para con él, y una rabia profunda y viscosa comenzaba a apoderarse de sus pensamientos sin que pudiera hacer nada para evitarlo. Lo peor de todo, era que Antonia lo sabía. Hacía ya más de dos años, cuando decidieron vivir juntos, ambos se habían sincerado y contado uno al otro sus sueños, sus temores y todo lo que en general, esperaban de su convivencia. Las promesas habían surgido dulce y espontáneamente de los labios de Antonia. Las de él, fueron roncas y temblorosas; no por ello menos emocionadas. Ella, conociendo su pasado de soledades, le había prometido no dejarlo nunca solo y dedicarse, en lo posible, sólo para él.
Así había sido durante casi un año. Luego, vino el deseo manifestado por ella de trabajar algunos días a la semana.
- Es por el tiempo que me sobra... - le dijo - , y también para ayudarte con los gastos. Total, sería en el horario en que tú no estás en casa.
Bernardino aceptó muy a su pesar. No tenía argumentos como para oponerse: ambos, de mutuo acuerdo habían decidido postergar el momento de ser padres. Ella, por su extremada juventud y pensando en prolongar lo más posible su luna de miel. Él, sin atreverse a decirlo, para no compartir con nadie el amor de su Antonia. Estaba sediento de ello, aún antes de conocerla.
Es por eso que Bernardino no entendía los cambios que se habían suscitado a partir de esa decisión. Al principio, la cuestión de los horarios había andado bien: casi siempre coincidían en la llegada o, mejor aún, ella se le adelantaba y le esperaba alegre y dispuesta a compartir los sucesos del día.
Algo cambió a partir del tercer mes; así lo creía Bernardino. Las horas de ella se fueron haciendo más y más largas y él, contra todo su deseo, se encontró tres tardes a la semana solo y esperando que ella apareciera por la puerta y le diera sentido a su vida.
Esa tarde, mientras esperaba le daba vueltas a su rabia y no podía explicarse qué era lo que estaba pasando en su vida; qué o quienes la estaban destruyendo. Sólo dos meses antes, Antonia, con lágrimas en los ojos y su mejor sonrisa le había asestado el primer golpe mortal.
- Mira - le dijo apenas él entró, al tiempo que le pasaba un aparato pequeño y desconocido para él -. ¿Te fijas en esas rayitas?
Él negó con la cabeza, mientras un puño apretado se regocijaba en su estómago.
- Es un test, y significa...que vamos a ser papás.

Tirado en el sillón, mientras unas sombras verdosas se adueñaban de las paredes de la casa, a Bernardino le dio nauseas el tan sólo recordarlo. Nada había sido igual para él después de ese momento. Un silencio hosco, también heredado de su padre, se fue enraizando en él , y Antonia, SU Antonia, embelesaba como estaba en su nuevo estado, apenas si le prestaba atención.
Diez para las ocho de la noche la puerta se abrió y el umbral se vistió de Antonia. Él la observó en silencio por unos segundos antes de saludarla. Intercambiaron el beso de costumbre y ella le hizo notar la hermosura de las flores que había puesto para simbolizar su alegría. Él asintió en silencio, mientras pensaba - no sabía por qué - que el amarillo sentaba bien a las facciones de Antonia y al pardo tranquilo de sus ojos. Cenaron como siempre; luego, él quiso brindar y abrieron un vino blanco que vertieron alegres en sus copas.
- Voy a brindar... por el último brindis - dijo ella, mientras alzaba el brazo y lo invitaba a compartir el gesto.
Ante el desconcierto de él, Antonia rió y explicó:
- Es el último, porque debes saber que una futura mamá no debe seguir bebiendo.
Bernardino asintió de nuevo y apuró su copa hasta el final.
No quiso acostarse cuando ella se adormiló con la bebida. Se quedó un rato más en el sillón de vinilo rojo mientras recorría con la mirada todo su pequeño entorno, todo lo logrado por él hasta ahora para compartirlo entre dos. Toda una familia como la que siempre quiso, pero, de a dos. Definitivamente - y al decir de su padre -, él era un cobarde, y este nuevo mundo que se le auguraba no era el que siempre soñó forjarse. Se sintió más sólo que nunca allí, en la sala, mientras Antonia respiraba al compás del sueño. Sin darse cuenta y sabiéndolo a la vez, se puso de pie y fue hasta la cocina. Buscó el resto de vino y lo bebió de la botella hasta el concho. Luego, abrió el cajón de la izquierda y sacó un cuchillo pequeño, pero filoso: el que usaba ella para cocinar. Se dirigió al dormitorio y avanzó hasta quedar al lado de la cama y de su Antonia. La miró con más atención que nunca: ya no le pareció tan bonita, ni su rostro tan inocente como antes...seguramente, a causa de sus mentiras. Ahora estaba seguro: Antonia lo había engañado desde un principio, sino, no se explicaba un cambio tan radical en su persona y en sus planes. Ella sabía, SABIA cuanto detestaba él la soledad. Sabía que un amor repartido entre tres, cuatro , o los que sean, se va debilitando hasta que no queda más que el deber y la costumbre. Él se lo había planteado, le había contado de su niñez en desarraigo, de la brutal indiferencia del padre, de los hermanos que nacían como conejos y del sufrimiento de su madre, secándose de año en año hasta convertirse en un despojo sin restos de sonrisas en su olvidado rostro.
Bernardino nunca quiso - y se lo había jurado - eso para él. Fue por ello que sacó fuerzas y, sin hacer ruido se inclinó sobre el cuerpo indefenso de Antonia posando, suavemente, el cuchillo sobre su garganta. No quería violencias. No las soportaba ni tampoco las necesitó: un empujón firme y decidido cercenó de un corte la traquea de Antonia sin escenas desagradables.
Dado los últimos acontecimientos policiales de ese año, se suponía que debería terminar su actuación auto infiriéndose los cortes necesarios para causar su propia muerte o, al menos, evitar ser tratado como la bestia que había interpretado. No pudo hacerlo. Como siempre lo había sabido, él era un cobarde y no era el momento de cambiar. Se lavó las manos en el baño continuo al dormitorio y se acercó al teléfono para marcar el consabido 133.
- Aló, buenas noches. Quiero reportar una muerte; mejor dicho, un femicidio: el número 49.
Después de informar cuidadosamente la dirección e identificación del asesino, o sea, de su persona, se dirigió a la sala y se sentó a esperar el furgón policial y el urgente ulular de la sirena. No se sentía culpable. Si se trataba de buscar por fuerza alguno , tendría que empezar por nombrar a su padre, su maldita hosquedad y su empecinamiento. Tal vez tuviera que añadir la humillante mansedumbre de su madre y, sobre todo, a esa soledad que tan tempranamente se le había colado en los huesos. Y por último, ¿quién diablos le había sugerido a Antonia que pusiera rosas amarillas en la casa?
Estaba dicho: las flores son para los muertos, y en esa casa, faltaba uno.
Amanda Espejo

1 comentario:

Manchados dijo...

Quedó muy bien. Gracias Laura.
Estoy agradecida de poder compartir espacios con los amigos de maipú.

Amanda