Buscar este blog

viernes, 12 de diciembre de 2008

ALGO ASÍ COMO LA MIRTA DE BAGLIETO






Este cuento ganó el primer premio en el Concurso Literario Nacional de Gendarmería con el tema integración y no discriminación.
ALGO ASÍ COMO LA MIRTA DE BAGLIETO
Mientras la miraba desvestirse lo recorrió una cosquilla nerviosa a la altura del vientre. Estaba de vuelta en casa después de años. Laura también se sentía inquieta; él había pasado a ser un extraño conocido, un hombre que la miraba sin despegarle la vista de encima como queriendo aprovechar cada segundo perdido.
Seguía hermosa. Aquel cuerpo que ahora tenía más años y batallas encima, continuaba teniendo el encanto vivo que lo envolvía cuando él la conoció. Pese a sus pliegues y a la gravedad del tiempo, sus piezas seguían en los lugares adecuados, armónicas como cuando eran jóvenes. Sí, era el mismo cuerpo que sus manos habían tocado tantas veces, el que ahora se desvestía pausado, sensual y quizá algo ceremonioso, para recostarse junto a él. Todo era distinto. Julio miraba a su alrededor y sentía con extrañeza el silencio de la noche, la prontitud del tan anhelado reencuentro, la incertidumbre. Después de mucho esperar, estaba en su dormitorio, con su música, en su cama, con su mujer, solos. Tenía miedos y ansias de algo urgentemente concreto.
Por fin consumarían el matrimonio que por años estuvo congelado. Es verdad que durante el tiempo en que estuvieron separados, existieron un par de encuentros, pero ella sentía que el camaro no era lugar para casados, y a veces él, luego de saciar sus ganas, también pensaba lo mismo. Fue por eso que solo un par de veces se les vio entrar o salir de aquellas carpas improvisadas, que ayudaban a los amantes apaciguar su sexo. La bulla del gimnasio les impedía escucharse, sentirse como lo esperaban; la bulla esa, les hacía compartir su intimidad con el gentío que se anclaba tras las telas a conversar. Ella no lo pasaba bien, cuando salían de ese escondite común, se fumaba un cigarro y, si no se iba pronto, agachaba la cabeza fingiendo leer el diario hasta que se le iba el rubor de las mejillas.
De aquel par de veces, es que no tenían un encuentro así; las visitan se limitaban entonces a comentar lo sucedido afuera o a guardar silencio cuando sentían que ya estaba todo dicho. Por eso verla quitarse la ropa, solo para él, lo hacía impacientarse, querer tocarla con apuro, intentar poner al día todo el tiempo atrasado. Era imposible.
Laura llegó a su lado y se recostó si decir nada, las miradas se toparon y ambos entregaron una sonrisa mitad cómplice, mitad asustada. Pero ya no todo era tan maravilloso como lo había sido durante el día; él había llegado temprano, y la sorpresa casi había acabado con el corazón de la mujer. Hubo almuerzo juntos y un reencuentro con la casa, las habitaciones asombrosamente intactas como cuando el tuvo que dejar la morada y las calles de la cuadra.
Pese a tener conocimiento de lo que pasaría aquella noche, Julio tenía una leve nostalgia dentro, y Laura; Laura quería consumar el acto pronto para saber si así las dudas que le quemaban dentro se apagaban. Necesitaba tomar decisiones. Era el momento. Se besaron largamente. Julio no intentó preguntarse, ni menos preguntar, si alguna vez su mujer le fue infiel. Si bien ella era leal y caminaba siempre con la verdad por delante, también era humana, hembra, y tenía derecho a buscar afuera lo que él y sus errores le habían negado. Pero las cosas miradas desde la perspectiva que fuera, a Julio le parecían de todas formas una traición, por eso prefería no saberlo. Evitarse la angustia y disfrutar del momento era algo que había aprendido por necesidad y quizá también por obligación. Laura quería que la vida comenzara pronto, a pesar de tener confianza plena en su hombre, sentía susto; eran muchos años, años que hicieron nacer una nueva primera vez.
La noche por fin se fundió con la pareja. Las manos de Julio recorrían minuciosas el cuerpo femenino, buscaban ese algo que solo ellas lograban encontrar, por su parte los labios de la mujer hacían lo mismo. A Laura se le escapaban uno tras otro los suspiros mientras comenzaba a sentirse tranquila y a disfrutar. Existía en aquel lecho un calor especial, un aire tibio y mágico que revivía, que salía al reencuentro de los miles de planes que tenía el hombre para ambos.
La mujer sorprendió en más de una oportunidad a su esposo; con el paso de los años se había vuelto más decidida, más anhelante y complaciente con sus fantasías. Él la veía inmensa, suave, dominante y más la deseaba. La noche transcurrió entre besos y abrazos. Ambos se disfrutaron mientras que sus miedos trataban de buscar otro sitio donde habitar. Al paso de las horas la pareja quedó en silencio, el ultimo soplo de Laura había indicado que no había espacio para las palabras. Se durmieron tranquilos, y junto con ellos se recogieron los titubeos que les impedían encontrar la paz.
A la mañana siguiente Julio despertó temprano, el hábito de ir a la cuenta sagradamente cada mañana le hizo cumplir con el deber aunque ya no fuera necesario. Abrió los ojos y miró a su alrededor, todo estaba en silencio y tuvo que quedarse así quieto y con los ojos abiertos un buen momento para darse cuenta que no era un sueño más de los que constantemente tenía en la casa. Miró a su lado y apartada dormía ella, frágil y fuerte a la vez. Ahora más mujer que nunca dejaba esparcir su pelo suelto por toda la almohada, sus ojos grises se encontraban cerrados en un sueño profundo, sus manos, su caja de Pandora… Era todo perfecto. Julio miró la hora, aun quedaba parte de noche pendiente, quiso acercarse a su mujer, pero se arrepintió, prefería contemplarla y de esa manera disfrutar cada segundo de su libertad. Silencioso se levantó, buscaba algo que ni él sabía lo que era, o quizá si lo sabía pero prefería ignorarlo, hacer creer al destino que el tonto era él.
Caminó a la ventana y vio las ropas de Laura dejadas a la deriva hacía un par de horas atrás. Estaba la cartera de la mujer, un bolso y un espejo de mano. Julio no pudo evitar sus instintos pasados, su curiosidad innata, sus ganas de saber algo más, de buscar pistas que lo ayudaran a calmar esa constante angustia que le impedía que su libertad fuera completa. Tomó la cartera de Laura y quiso ver que había dentro, con la capacidad que le daba la experiencia, abrió el bolso y buscó; fotos añejas, papeles, boletas, y una libreta que parecía tener la suerte de diario de vida, donde la mujer anotaba frases sueltas, nada concluido. Ideas. El hombre prefirió volver a la cama, la angustia que le producía lo desconocido había sido cambiada por una pena inmensa.
Por un momento quiso volver a su lote, soñar con una salida perfecta, defenderse de los nudos que armaban los gentiles, y separarse del mundo por unos cuantos años más. Él siempre supo el precio que tenían sus errores, pero no tenía conciencia del tamaño de la deuda afuera. A pesar de todo entendía a Laura, el no poder hacerla madre, el pasarse años a la sombra, las mentiras de la juventud y varios otros fraudes que desilusionaron muchas veces a la mujer, lo dejaban inhabilitado para exigirle algo, y según la autoestima del momento, también para exigirse algo a sí mismo. Por lo tanto prefirió volver a la cama y dormirse un rato más. No había solución a la mano.
Julio no podía conciliar nuevamente el sueño. Era imposible dormirse luego de haber estado años en ese estado. De pronto le apareció lo que muchas veces le vino en su camastro; la necesidad de renegar contra el destino, contra su enseñanza, contra los suyos. Pensando en esas cosas se quedó inmóvil, semimuerto y semiherido. Laura despertó momentos más tarde. Se levantó, se arregló como era debido, fue hasta Julio y lo besó suavemente para no despertarlo del sueño de juguete, dejando una nota sobre el velador, y salió. Tenía ganas de llorar.
A penas ella hubo salido el hombre se levantó. No la detuvo. Caminó hasta la ventana y desde allí la vio perderse a lo largo de la cuadra. Volvió a la cama y se tumbó de golpe; por un momento soñó con el pito incesante de los antimotín y la voz entrecortada de algún amigo herido en conflicto. A Julio le costaba aceptar que su esposa tuviera otro hombre, otro que fuera capaz de hacerla feliz, cosa que jamás él había logrado hacer. Con los ojos cerrados y mucha resignación, esperó su muerte, quizá tardaría mucho, pero el tiempo era lo único que tenía de sobra.
Al paso de unas cuantas horas, afuera se sintió un sonar de llaves, Julio aun jugaba a esperar la muerte. A su lado llegó Laura, estaba allí nuevamente junto a él, pero venía distinta, casi tanto, como si no fuera ella. Sobresaltado el hombre la miró; traía los ojos llorosos pero aliviados, su usual maquillaje se le había borrado de los labios y traía en la mano una bolsa con algunas de sus pertenencias.
Ambos se miraron. Ella, al ver que Julio no se había dado cuenta de la nota que le había dejado en el velador, sutilmente la tomó y la arrugó, guardándola en su bolsillo. El juego había terminado. Él, que conocía muy bien a su mujer, no quiso hacerle preguntas ni cuestionar su actuar, ya era tarde para eso. Bastaba mirarla para saber de forma exacta lo que sucedía, pero por sobre su gran herida, estaba agradecido profundamente de la oportunidad que se le estaba dando. La herida estaría ahí, en el sujeto compartido, en la incertidumbre dormida, en la dignidad. Pero no tenía nada, deseaba muchas cosas y el tiempo para entonces, le llevaba una gran ventaja, por eso, con humildad aceptó tragar el sorbo amargo y comenzar la nueva vida que se le estaba ofreciendo.
Laura lo observó con cariño, quizá con amor. La etapa de búsqueda había acabado, ya no necesitaba tener en su casa un huésped que en las noches de frío le diera calor, ya no necesitaba visitar otras moradas en busca de compañía o novedad. Por eso, creyendo que era lo mejor, con nostalgia despidió esa sombra que la acompañaba mientras su hombre se encontraba ausente. El trato había sido así. Aquella mañana, junto con la nota que nunca fue leída, el cuento clandestino se cerró. Julio no tenía ya nada que saber, él merecía una última oportunidad. Julio necesitaba ser querido.
Laura tragó su ilusión de maternidad, su espíritu aventurero y su culpa y besó a su esposo. La nueva historia recién comenzaba a escribirse. Con una sonrisa como única escapatoria, dieron vuelta la página. Comenzaron a reconstruir ya no tras las rejas, sino allí en su casa. Hubo almuerzo en pareja, caminata por la plaza, tarde de películas y sueño profundo.
Era difícil volver a amar en libertad. Ambos intentaron poner de su parte; la cosa se trataba de encontrar en esta pareja con la cual se compartía la mesa y se hacía el amor, un ser para conquistar, para sentir. Un ser para volver a soñar.


Lorena Díaz Meza
Nota: La imagen corresponde al cuadro de Nemesio Antúnez, Tanguería en Valparaíso

2 comentarios:

Integrantes dijo...

BUENA LA HISTORIA Y, SEGURAMENTE,MÁS USUAL DE LO QUE SE PIENSA. SE ENTIENDE LO DEL PRIMER LUGAR PORQUE, ADEMÁS DE ESTAR BIEN ESCRITA TIENE UN TRASFONFO POSITIVO Y MORALIZADOR, LO ADECUADO PARA LA SIQUIS DE LOS QUE SALEN DE ESE LUGAR E INTENTAN REINSERTARSE EN LA SOCIEDAD Y EN SUS ANTIGUOS ESPACIOS.
ES UN CUENTO. EN LA VIDA REAL, LAS COSAS SON MÁS COMPLICADAS.

FELICITACIONES POR EL TEXTO Y EL ESPÍRITU DE ESTE!!!

AMANDA

Aníbal dijo...

buena, excelente historia.